Nuestra historia

 

Me llamo Rocío y me choca que me digan Chío. Desde chica me gustó escribir, me iba bien en las clases de Español y ganaba concursos de cuentos de la SEP. Mi primer diario personal lo comencé a los once y, aunque no fui una ávida lectora como hasta la fecha quisiera ser, en las letras siempre encontré un refugio. Fui una adolescente de esas rebeldes que sueñan con tener sus propias empresas. Cuando llegó la hora de elegir carrera no estaba segura, me tomé un tiempo para estudiar fotografía en blanco y negro e historia del arte y luego me decidí por Comunicación. Hubiera sido abogada, de no ser por la maestra Chayito, quien me mandó a extraordinario, y por la enorme cantidad de leyes que había que memorizar, yo sólo quería defender a los indefensos y detener la práctica del calzón chino que aplicaban a los niños los bullys de mi salón. 

Amé mi carrera: periodismo, publicidad, comunicación organizacional y los laboratorios de radio y televisión. Hice grandes amistades y en el camino comencé a trabajar como escritora en la sección cultural de una empresa pionera en contenidos digitales. Mi jefa, quien en ese entonces tenía como 30 años y me parecía una señora viejísima, me habló de la SOGEM (Sociedad General de Escritores de México) y me sugirió estudiar ahí un Diplomado en Creación Literaria. Lo cual hice diligentemente al graduarme de la licenciatura.  

Así comenzó una de las etapas más creativas de mi vida. Fueron dos años entre dramaturgos, cineastas, poetas, ensayistas y un montón de escritores reconocidos que nos hablaban de las grandes obras y nos compartían sus experiencias literarias. Por las mañanas trabajaba en fashion, los viernes daba clases, un Taller de Comunicación a los de sexto de prepa, por las tardes estudiaba y por las noches tecleaba sin parar entre ceniceros atiborrados de colillas y latas vacías de refresco de dieta (hábitos que ha quedado en el pasado, tranquilos). Diálogos, guiones, poemas, cuentos y ensayos eran mis tareas.

Una amiga me animó a aplicar por una beca para estudiar Publishing en el extranjero, lo cual “me permitiría conocer todo sobre la industria editorial” y “no morir de hambre como escritora”, como todo el mundo decía que habría de suceder. Después de un montón de papeles, exámenes y demás me dijeron que NO, que no me la daban. Cuando se lo conté a mi abuelo, un hombre extraordinario y generoso, quien como muchos otros emigrantes logró obtener éxito profesional a través de su trabajo, me dijo que él me patrocinaba. ¿Pero cómo voy a pagártelo? – le pregunté entre lágrimas y mocos. Un día harás algo por alguien más – me respondió.

Cuando llegué a Inglaterra me enteré de que la universidad tenía programas de voluntariado, quería pagar mi deuda y me alisté a un proyecto con inmigrantes y personas que buscaban asilo político. La organización les ayudaba a encontrar casa, escuela, servicios médicos y a aprender inglés. The Cultural Kitchen era una de sus actividades donde los estudiantes voluntarios cocinábamos para los refugiados. A pesar de que los concurrentes muchas veces provenían de la misma región de Asia o África, desplazados por conflictos políticos y guerras, no se conocían. Así este espacio les permitía “socializar” y sentirse menos solos, supongo. Nos daban recetas de sus platillos típicos, a veces alguien tocaba la guitarra y los niños hacían manualidades que organizaba una dulce mujer japonesa. 

Entre ollas grasosas y cebollas que te penetran el lagrimal conocí a mi esposo. Me hacía reír y su acento británico le otorgó varios puntos a su favor. Nos casamos y vivimos felizmente en Londres por varios años. Cuando buscaba trabajo en el mundo editorial les daba igual si tenía diplomas o experiencia en México, así que comencé sacando fotocopias y sirviendo cafés en las editoriales que tenían internships. Después de muchas horas de practicante me contrataron en Penguin Random House, ahí trabajé en el departamento de licencias internacionales del sello editorial de Dorling Kindersley. Aprendí sobre traducciones y un montón de cosas más. 

Como les pasa a muchas mujeres inquietas como yo, cuando nació mi bebé y tenía que trabajar full-time, comencé a soñar otra vez con mi libertad y la flexibilidad de horarios. Recordé que yo quería ser la jefa y dejamos la estabilidad de la vida londinense. Llegamos a México con unos cuantos ahorros, las maletas, un pequeño niño, un plan de negocios sin terminar y muchas ganas. 

Abrimos una tienda orgánica en Querétaro, la cual operamos juntos por ocho años. En el ínter, mi pasión por la cocina y la salud me animaron a convertirme en Health Coach y más tarde la vida me regresó a las letras. Me buscaron de un periódico para escribir una columna semanal sobre el estilo de vida sustentable y luego de una agencia de publicidad y luego de una escuela de idiomas para escribir su blog y luego mis conocidos me pidieron ayuda para sus sitios web y así con los años se fue llenando mi agenda de proyectos. Tres hijos, un perro y una pandemia más tarde, heme aquí.

Ediciones Alba es el resultado del deseo de formalizar mi pasión por las palabras y de ayudar a otras personas a usar su voz. Y también, de ganarme la vida haciendo lo que más me gusta hacer: contar historias. Tengo la fortuna de conocer a personas súper talentosas, que comparten mi entusiasmo por las letras, profesionales de la lengua y otros especializadas en distintos ámbitos, que actualmente forman parte del equipo Alba. 

Cuando estaba en la SOGEM nos decían que cualquier historia es relevante, pero lo trascendental es cómo se cuenta. Y pienso que tenían razón. Hoy en día, cuando vivimos hostigados de mensajes y aparatos que luchan por ganar nuestra atención, me parece imprescindible dominar el arte de las palabras. No es lo mismo decir “baros” que decir “pesos”. Aunque “auto”, “carro” y “coche” son palabras con un mismo significado, nos comunican muchas otras cosas sobre la personalidad de quien las usa. 

Creo firmemente que las palabras son elementos clave en la construcción de tu identidad; es decir, “esa diferencia individual que constituye a cada persona y que la distingue de otra”. En Alba sabemos que eres una persona única e irrepetible, porque siempre hay una historia detrás de cada ser humano, de cada organización, de cada marca y de cada proyecto que llega a nosotros. Por ello nuestro trabajo en la agencia es encontrar las palabras que mejor cuenten TU HISTORIA y que reflejen la identidad de tu proyecto. 

Queremos un mundo libre y diverso, con igualdad de oportunidades, donde cada ser humano pueda expresarse sin miedo, donde las mujeres vivan sin violencia, donde los niños puedan salir a jugar en los parques y las ensaladas de lechuga sepan a pastel de limón… o de chocolate… 

Si estás vivo, vive. Eres el protagonista de tu propia historia. 

Si tienes una voz, úsala. ¡Tu mensaje es importante! 

Si necesitas ayuda para encontrar las palabras para comunicarlo mejor, bienvenido, estás en el lugar indicado. 😊

Gracias por estar aquí.